Una vida que vuela...


Fotografía de Ian Cox de un mural de Henrik Aa Uldalen


Hoy la vida te exige demasiado. 
Un silencio que arropa, una mirada olvidada y una exhalación que te recuerda que el mundo se hizo en un suspiro.

Jadeas entre sueños con el sudor frío recorriendo tu espalda y el vello de punta clavándose entre las sábanas. Mientes con tu reflejo y recorres las calles queriendo deshacerte en el asfalto pero ni el mayor de los saltos conseguirá hacerte volar.
Robaste demasiada suerte al karma y en tu cama ya sólo hay calma.
¡No te lamentes! ni si quiera lo tienes en mente, sólo vives con la exigencia de la rutina, con la cotidianidad como disfraz y con el haz de su reflejo clavado en el reloj de tu pared.

Olvidas que la vida se vive y la devoras con fervor, con temor y con ardor. La vida te quema, te desata y te engancha, quisieras arrojarla, disecarla y agravarla. Cerrar los ojos, candar las puertas y recrearte en el vacío de sus órbitas.

Mientes cuando amas, cuando gozas o cuando sientes, mientes con el color de sus ojos, con el olvido entrelazado en tus manos, mientes con la esperanza de crear esa ilusión que un día fue el avión que te hizo volar.
Nunca más te dices. Nunca más olerás su cabello entre las nubes, ni escucharás el ulular del viento que te mecía en cada atardecer.

Demasiado tarde piensas. Demasiadas tardes. 

El tiempo dejó de pensar en ti. Y tu dejaste de preocuparte por sus minutos. Nunca entendiste su mecanismo, su forma de medir, ¿intensidad? ¿segundos?
Te cansaste de sus criterios, de sus críticas y de su cristal desvirtuado que hacía entender el mundo como un conjunto de mediciones sin medias ni tacones ni agujas.
Una tinta invisible que se desvanece entre los avances de aquellos que quisiste.

Te giras y observas la austeridad en tus ausencias, la oscuridad en la notoriedad de sus actos: un grito,  un trago amargo, una pincelada y tus hadas rotas llorando por el Peter Pan que nunca fuiste.

No sabes hacerlo cesar, no sabes conversar y mucho menos besar.
Perdiste los versos, las prosas y algún que otra mariposa en tus intentos.

Desiste, te decías una otra vez. Resiste pensabas.
La espera fue eterna y en la eternidad de sus palabras te dejaste abrazar por las brasas de sus labios.

Olvídate susurraste. Olvídame rogaste.

Y la vida en un instante dejó de volar.

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