¿ Y por qué todo sabe a despedida?

Cada noche, cada momento, cada instante recuerdo tus palabras, tus huidas, tus llegadas y mi cuerpo se estremece. Mientras que en mis manos se mece el adiós de un no volver, el sentir desaparecido entre el llanto del mar que nunca existió.  ¿Y quién le pone diques al mar? me preguntó. ¿Y quién recorre mi cuerpo con cada gramo de su ser?

Me olvidé del dardo entrelazado en mis piernas sujeto con el lazo de tu cabello, me olvidé del sino de mi casino, del juego de tu azar que huele azahar y me arranca del lugar. Me olvidé, y cuando quise retener aquellos momentos donde nos dejamos ser ya se habían ido. Demasiada presión para esta mujer sin tensión, demasiado valor para quien no sabe volar. 

Y entonces llegó tu olor, ese que me perturba, que me enturbia y me enloquece. Llegó tu piel cálida anidada a tus cabellos, tu sabor a sal con retazos de tazas de miel, tu voz murmurando el idioma de las estrellas, el llanto escondido en el manto y me desprendí de todo aquello que me impidió ser. De la impureza del miedo, de la oscuridad del dolor, de la solidez del odio, de la necedad de los prejuicios, del amor retenido por tus manos y me dejé llevar sabiendo que mis labios se convertirían en almohadillas, mi vientre en un saco de boxeo y mis ilusiones en viejas canciones.

La mediocridad llegó al corazón de quien lo entrega a la primera de cambio sin escudos, ni paños que lo protejan, con la confianza de que estará a buen recaudo, con la imprudencia de un joven enamorado que sin temer al dolor entrega lo más preciado, con la temeridad de un loco que poco se respeta.

Con la llegada de la mediocridad descubrí la maldad bañada en despedidas, en temores e inseguridades. 

Margaritas deshojadas con "no", dientes de león aprisionados en el algodón de tu botón, pájaros enjaulados en la comisura de tus labios y en tu mirada una pequeña sonrisa de picardía que apenas supe interpretar: " me quiere o no me quiere".

La respuesta: Nunca me quiso.

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