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Des-construyendo personalidades

Sabes esa sensación de pérdida, de querer encontrarse a uno mismo y no saber ni por dónde empezar. Así se sentía Elena. Llevaba más de cinco años en la gran ciudad cuando apareció "Él". Esa persona que con el tiempo se hizo un hueco en su vida, esa persona que se convirtió en su rutina, en su adorada rutina pero... ¿Cuándo fue Elena una mujer de rutinas?

Desde la llegada del susodicho Elena dejó de ser, se excusaba diciendo que hacía lo que le gustaba, lo que le apetecía pero ¡qué casualidad que todas sus aficiones eran las mismas que las de él!

Elena, es, era de esas mujeres que creen que las relaciones se van construyendo con el día a día, cediendo cuando hay que hacerlo, ser inteligente emocionalmente, utilizar la empatía, ser comprensiva y tolerante pero ella se excedió. Se excedió tanto que se perdió, se perdió entre la tolerancia y la indiferencia, su personalidad menguó a medida que sus miedos crecieron, a medida que él se convertía en su padre. Sí, la actitud paternalista disfrazada de caballerosidad la fue empequeñeciendo, demasiado a su pesar.

El problema vino cuando fue consciente, cuando una jarra de agua helada le cayó mojándola de los pies a la cabeza. Elena era de esas mujeres que sabían nadar, de las que no se ahogaban en un vaso pero esa jarra... ¡ay esa jarra!. La heló. La heló en todos los sentidos posibles. Sus errores, los errores de sus amigas, los errores de su madre la golpearon, todos a la vez, sin previo aviso, sin miramientos.

Y comprendió que ya no era ella, que se había perdido entre tanta palabrería, entre tanto acto amoroso, que su yo había desaparecido entre las tardes de fútbol, las mañanas de campo y los domingos de paella. Comprendió que dejó de lado sus tardes de series, sus caminatas de hora y media por el Retiro, sus clases de yoga... comprendió que sus rutinas dejaron de ser rutinas para convertirse en hechos puntuales, en días inesperados, en noches únicas. Comprendió que el amor por él la absorbió hasta el tuétano, hasta lo más esencial de su vida y todo eso en un abrir y cerrar de ojos. En verdad fue en cinco años pero para ella cinco años no fueron nada.

A sus 30 años se encontraba en uno de sus "mejores momentos" como mujer emprendedora pero sin saber quién era. A sus 30 años perdió su bien más preciado, sus recuerdos, sus aficiones, sus rutinas. A sus 30 años dejó de ser para vivir una historia de amor que la consumió hasta agotarla. A sus 30 años decidió que todo tenía un final e hizo lo que mejor sabía hacer, lo que siempre había hecho, lo único de su persona que seguía en pie: Huir.

Sin dar explicaciones, sin motivos ni excusas cogió el primer avión a Nueva Orleans y se marchó. Dejó todo atrás con la esperanza de reencontrarse. Lo que no sabía que es una vez que una se pierde el reencuentro nunca se produce, una vez que te pierdes tienes que volver a inventarte, volver a construirte con otros miedos,  otros sueños, otras aptitudes y otros talentos. Una vez que te pierdes debes volver a vivir.

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