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Mostrando entradas de febrero, 2015

Des-construyendo personalidades

Sabes esa sensación de pérdida, de querer encontrarse a uno mismo y no saber ni por dónde empezar. Así se sentía Elena. Llevaba más de cinco años en la gran ciudad cuando apareció "Él". Esa persona que con el tiempo se hizo un hueco en su vida, esa persona que se convirtió en su rutina, en su adorada rutina pero... ¿Cuándo fue Elena una mujer de rutinas?

Desde la llegada del susodicho Elena dejó de ser, se excusaba diciendo que hacía lo que le gustaba, lo que le apetecía pero ¡qué casualidad que todas sus aficiones eran las mismas que las de él!

Elena, es, era de esas mujeres que creen que las relaciones se van construyendo con el día a día, cediendo cuando hay que hacerlo, ser inteligente emocionalmente, utilizar la empatía, ser comprensiva y tolerante pero ella se excedió. Se excedió tanto que se perdió, se perdió entre la tolerancia y la indiferencia, su personalidad menguó a medida que sus miedos crecieron, a medida que él se convertía en su padre. Sí, la actitud paterna…

Era su dolor el calmante de su vida

Alma era de esas mujeres que disfrutaban del dolor pero no por que le causara placer sino porque lo conocía, conocía esa sensación de angustia, de ahogo, de quemazón. Lo conocía y en ocasiones era capaz de controlarlo, al menos el dolor físico.
En situaciones de desesperación, cuando sus sentimientos la abrumaban, cuando la soledad le hacía compañía, cuando sus miedos se convertían en su sombra o cuando su persona desaparecía bajo el mar de emociones, de estrés y obligaciones, Alma se aferraba al dolor; era la única forma de mantenerse viva, de no convertirse en un robot que no siente, que no vive, que no disfruta. Sentir el quemazón de la herida, ver la sangre roja escapar de sus cortes era lo único, que en esas situaciones, la calmaba.
No le gustaba admitirlo y muchos menos reconocerlo ante las personas pero era la verdad. Era un dolor conocido, un dolor controlado. Después de tanto tiempo era una sensación que ella podía manejar.
Si quería un dolor más punzante escogía una aguja i…

Cuando deje de sonar...

Aún bailo al son de la luna, con tu sombra en mi presencia, con tus labios en mi cuello, con tus manos en mi cuerpo.
Aún bailo con el sol, con la fuerza de tus brazos, con tu mirada en mi cabello, con la volatilidad de una nube.
Aún bailo sobre el cielo, construyendo lo que un día fue nuestro, recordando el vals del día en el que me amaste.
Aún bailo con tus pasos, con tu voz susurrándome la letra que nunca llegaste a cantar, con el olvido de quien pierde, con las ganas de quien lucha.
Aún bailo nuestra melodía, aquella  que me enseñaste en la ducha, aquella me tarareabas al dormir, aquella me pediste.
Aún sigo aquí, bailando sobre la luna, creyendo en lo imposible, bailando hasta que la música deje de sonar.


Incertidumbre...

La incertidumbre es como una herida de bala; te atraviese cuando menos te lo esperas y se queda enredada entre tus nervios y tus músculos provocando un agudo dolor con cada movimiento.  A veces estalla dentro de ti y tus sentidos quedan en estado de shock, tu mente se apaga y tu cuerpo ralentiza cada movimiento. El dolor aumenta, la ausencia de vida se agrava y tu mirada se cristaliza.
Otra veces el dolor se mitiga pero se vuelve constante, hasta el punto en el que ya no lo sientes, te has acostumbrado a él, a su sensación, al ahogo que te produce cuando notas que el momento puede ser hoy.
¿ Y si es hoy? Y si el día en el que la bala acaba con tu vida es ahora ¿qué haces?