La declaración de ella

Aún lo recuerda como si fuera ayer: 8 de octubre del 2013.
Lo recuerda porque fue la primera vez que se declaraba a alguien cara a cara, sin mensajes ni cartas de por medio. No fue como esperaba, y no, no esperaba que fuese correspondida sino un poco de empatía, de compresión, de amistad. Pensó que ante todo eran amigos.

Era sábado por la noche y habían salido de fiesta. Ella llevaba varias semanas, por no decir meses, dándole vueltas a la idea de la declaración, ser sincera con él, quedar para tomar un café y declararse, de esa forma él entendería muchos de sus comportamientos. Entendería por qué nunca salía con Laura y con él, por qué cuando Leti aparecía ella se iba sin dar explicaciones o por qué se molestaba cada vez que quedaban y aparecía con alguna de sus novias.

El detonante de esa noche, el empujón que la animo a contarlo fue un pequeño detalle, una conversación donde él demostró que ella no era más que una conocida, que a pesar de los años juntos, de la amistad compartida, sólo era una más. Al terminar la noche él la acompañó hasta casa, pero no porque fuera un caballero sino porque tenía que ir a por unas llaves. Y ahí, en ese preciso momento, enfrente de su portal, ella se armó de valor. 
Estaba temblando, sus rodillas flaqueaban, sus ojos lo evitaron y su voz se volvió más fina de lo usual. ¡Díselo! gritó en su cabeza. Cogió aire, un aire lleno de valor, dejó la mente en blanco, no podía permitir que las dudas la avasallaran, hizo memoria y se trasladó a la discoteca, al momento del “click”, a la sensación de estupidez y lo soltó:

“No puedo ser tu amiga, tengo sentimientos hacía ti y me duelen, llevo varias... – dudó no sabía si decir la verdad– varias semanas con estos sentimientos, he intentado ser tu amiga pero no puedo. Me duele mucho (...) -Tengo sentimientos, no se atrevió a decir que estaba enamorada de él desde hacía más de un año. Era demasiada vulnerabilidad al descubierto - (...) cuando te veo con Laura o con Leti me duele, cuando me hablas de ellas no lo puedo soportar (...)”
Obviamente esta pequeña confesión iba acompañada de un llanto ligero pero sentido, un nudo en la garganta y un estómago contraído. A medida que veía su reacción ella comenzó a recular; él estaba dispuesto a perderla, a dejarla ir sin luchar, sin poner ninguna objeción.
El miedo a perderlo la obligó a decidir; lo quería como amigo antes que no tenerlo en su vida. Su confesión se convirtió en debilidad.

“Valientes aquellos que fingen amistad cuando quieren decir amor”

La respuesta de él ante su declaración no fue más allá de cuatro lágrimas y dos frases típicas:
- Ojalá pudiera corresponderte
- No te quiero perder pero...

Su corazón latió acelerado, por una parte se sintió orgullosa, había tenido el coraje suficiente para decirle cómo se sentía, pero a su vez estaba destrozada, hundida en un mar de lágrimas, de miedos, de arrepentimientos. Apenas pudo mantener la compostura, su respiración entrecortada la impidió continuar, se dejó llevar y comenzó a llorar desconsoladamente.
Él la abrazó, era el momento de la despedida, había quedado con Leti y, como ella muy bien sabía, no podía dejarla plantada para consolar a su amiga, a esa persona que no quería perder pero que dejó con el corazón roto, los ojos rojos y el alma en pena. Se despidieron. Ella subió a casa y él se marchó.

A la mañana siguiente, una vez que estuvieron sentados uno enfrente del otro, él preguntó:
- ¿Qué tal estás?
- Cansada, no he dormido en toda la noche fue su respuesta. Le dio un par de palmaditas en la espalda como señal de compasión y comenzó a hablar de su noche con Leti, como si nada hubiese sucedido entre los dos.
Ella sintió el dardo de los celos, como siempre, pero notó algo más, un pinchazo cargado de decepción, de desilusión. Hacía menos de diez horas que le había contado el dolor que sentía cuando él hablaba de sus novias y parecía que ya lo había olvidado. Cerró los ojos y aguantó. Escuchó de manera estoica, asintiendo con la cabeza pero sin lograr entender cómo una persona que se hacía llamar amigo la hería de esa forma tan gratuita y deliberada.
No fue la falta de correspondencia lo que le hacía llorar cada noche, fue la falta de respeto, la poca importancia que él le dio a sus sentimientos, la escasa empatía que mostró las semanas de después cuando quedaban y él aparecía con Laura y se besaban, y se abrazaban y se acariciaban y ella mantenía la sonrisa helada mientras su interior se resquebrajaba.

Había aprendido a fingir, a mostrar cierta simpatía por sus novias pero ¿por qué tenía que hacerlo? Él era su amigo, su mejor amigo en aquella ciudad que no era su ciudad, era su pilar. Ya había perdido a dos pilares con anterioridad, no quería, no podía perder otro, al único que le quedaba, por eso se aferró a una imagen idealizada de él, a una amistad inexistente.
Él lleno de intenciones pero sin actos que le respaldaran, ella ciega por no querer ver.

Lo que pensó que sería un punto de inflexión en su vida se convirtió, para ella, en un fracaso y para él en una anécdota más.

No volvió a tener el coraje de esa noche.

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