El mensaje de él

Eran las tres de la madrugada cuando el sonido del móvil la despertó. Acababa de recibir un mensaje de él. Desde hacia varias semanas había decidido dejar de nombrarle, quería olvidarlo y para ello debía empezar olvidando su nombre. Tenía esa absurda creencia.

“Pues si tanto te amargo, ya sabes... Tienes amigos que te quieren y te tratan mejor que yo, parece ser...”

Un silencio desgarrador seguido de una ausencia de latidos invadió la cama. Le costó respirar, ese mensaje fue un golpe bajo, muy bajo, rastrero diría yo. Después de tantas conversaciones donde le mostró, no sólo sus sentimientos, también sus miedos más atroces (como era el de perderlo) recibió un mensaje de él con ese contenido.

Tragó saliva, quería mantener la calma. Leyó de nuevo el mensaje, dudó ¿Qué debía decir? Su primer impulso fue mandarlo a la mierda, contestar con un simple y elocuente OK mostrando así esa indiferencia y frialdad de la que carecía, al menos con él. Dejó el móvil en la mesilla y miró al techo varios minutos, dudando, pensando, analizando cada una de sus emociones.
Muy en el fondo sabía que debía seguir ese impulso y poner fin a esa relación absurda y vacía. Acabar con todo para empezar desde cero. Sabía que tenía que hacerlo. Era lo mejor.
Agarró el móvil ¿Ese era el final? Así lo había querido él. Tecleó la letra O seguida de la K, fijó la mirada en la pantalla. ¡Envíalo! pensó.
No pudo, borró las letras y volvió a dejar el móvil en la mesilla, dirigió la mirada a la noche estrellada que se colaba por su ventana y recordó.

Recordó la noche de octubre, ella en el portal de su casa mirándolo expectante, respiró profundo y en lo que soltaba el aire soltó las palabras, la declaración, su declaración de amor, su confesión de dolor, de agotamiento, de miedos. Se lo confesó todo. La reacción de él: unas cuantas lágrimas (que ella quiso creer), cuatro frases de manual, un abrazo de compromiso (o de compasión) y su marcha detrás de su ligue de esa noche. En frente de él ,o de su lugar vacío, ella destrozada y con la dignidad por los suelos. Subió a su casa, se tumbó en la cama y lloró todo lo inllorable durante lo que quedaba de noche.
A la mañana siguiente quedaron, él como si  nunca hubiese pasado nada, ella con ojeras. A los pocos días sus sentimientos fueron olvidados y él continuo hiriéndola aún sabiendo lo que hacía, sin importarle sus emociones, sin respetar los sentimientos de ella hacía su persona.

Por primera vez se dio cuenta de lo poco que la valoraba.

Volvió a su cuarto, sólo habían pasado treinta minutos desde la recepción del mensaje y seguía sin saber qué hacer, qué decir. Lo releyó y una lágrima se escapó a través de sus ojos. De pronto oyó su voz. Otro recuerdo.

“Por muy dolido que uno esté no puede hacer ese tipo de comentarios, me dio donde más me duele. Eso dice mucho de ella”

“Y de ti” susurró ella. Su voz le sirvió de anclaje a la realidad. Cogió el teléfono con decisión y escribió: “Si es lo que quieres.”

No lo pensó, apretó el botón de enviar, lo bloqueó, apagó el móvil y regresó a la cama. Obviamente no durmió en semanas, la sensación de ahogo no se fue hasta pasado unos meses pero lo borró de su vida, y aunque se arrepintió al instante de enviarlo una sensación de alivio leve, muy leve, pero de alivio al fin y al cabo, la invadió.

PD: Nunca llegó hacerlo, nunca llegó a mandar esa mensaje a pesar de tener motivos para hacerlo, a pesar de saber que era lo mejor para ella, a pesar de conocer la indiferencia que él mostraría si la perdiera. No se atrevió. El miedo a perderlo pudo más que su bienestar.


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