Amancia

Cabizbaja, con el cuerpo escondido entre telas roídas, Amancia, mira a escondidas la llegada de los niños al colegio. Un par de mujeres de apariencia de bien, la observan con desdén y desprecio. Una pequeña joven de ojos claro se acerca con seguridad a ella, en su mano sostiene una pequeña piedra azul, mirando de reojo a su madre, quien habla entretenida con otro grupo de mujeres, le entrega a la anciana la turmalina. Amancia agradecida asiente con la cabeza, la niña la sonríe y le susurra que a partir de ahora las cosas serán diferentes.
Ella quiere creer en las palabras de la niña pero sabe que ella es tan sólo… eso, una niña, una inocente infante con apenas nueve años vividos, sus ojos, del mismo azul que la piedra que le acaba de dar, parecen mostrar otro mensaje, le indican que ha vivido más de lo esperado, que la piedra no es sólo turmalina.
Son sólo sensaciones piensa Amancia; ¿por qué una niña iba a tener razón? ¿qué sentido tienen aquellas palabras? ¿por qué irá bien todo a partir de ese momento?
No puede confiar. Amancia no debe confiar, la vida ya le demostró que la gente es lo que es; gente.
Han pasado los meses  y sigue guardando la turmalina en el lugar más secreto de su carro, sigue creyendo en el posibilidad del cambio. Nada es permanente, todo cambia y sino cambia muere… Pero son muchos los años que han pasado desde el último cambio, quizá ella deba morir, quizá ese es su último cambio; la muerte. Nunca ha temido a la muerte aunque es verdad que nunca ha querido morir. Se muestra indiferente ante ella, piensa que el suicidio  no es la solución,  aún tiene pequeños resquicios de esperanza en el cambio ¿por qué todo va a ser siempre igual? Han pasado 25 años y continua viviendo en la calle, sin trabajo, sin ropa, sin amor, sin afecto, sin miedos… ¿por qué los próximos 25 años iba a ser diferentes? ¿y por qué no?
Sus compañeras de calle suelen renegar de ella, de la muerte, no se atreven a mentarla, ni si quieran piensan en ella a pesar de vivir con ella día tras día. Dicen que sin la muerte no hay vida,  Amancia es de esas personas en la que no cree en esa dicotomía, se puede no vivir sin morir. Para ella, como para muchos, la vida no tiene sentido, y lo que es más importante, no lo busca ¿para qué?. El sentido cambia como la marea y Amancia no quiere ser cambiante, no quiere marear a su cabeza ni a la personas, quiere mostrarse congruente, coherente aunque eso signifique no vivir.
Nunca le gustaron los altibajos. Cuando era pequeña, apenas tenía seis años, se montó por primera y última vez en una montaña rusa llena de subidas y bajadas, de rizos, de giros, llena de altibajos. Montó con temor pero a su lado tenía a su padre, a esa hombre de barba canosa que siempre estuvo con ella. Se sentía protegida, segura ¿qué podía pasar estando su padre, su héroe al lado? Al bajar de la atracción sintió un leve mareo provocado por las entrañas, pensó que así se sentiría el amor, de pronto, su padre se desmayó, delante de ella, sin avisos ni señales, se desplomó en sus pies, un pequeño hilo de sangre comenzó a brotar de la nariz de SU padre, en seguida, varias personas de alrededor se acercaron. Su padre, desorientado, se incorporó con ayuda de los viandantes, miro a Amancia y en sus ojos vio pavor. 
Con seis años Amancia aprendió la primera lección de vida: SU padre era humano.

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