Llena de miedos...

Cuando me decidí a afrontar mis miedos me di cuenta que la mayoría de mis temores fueron provocados por mi propio miedo y lo que ocasionó ese miedo fue el temor a afrontarlo.
Un miedo paralizante que recorre todo el cuerpo en un suspiro, agarrotándole la espalda, encogiéndole el corazón hasta convertirlo en una pequeña masa muscular que palpita a tiempo de no ser devorado por las sombras.

Un miedo escalofriante que maltrata a cada una de las neuronas del cerebro provocando una ruptura abrupta de las sinapsis, impidiendo el funcionamiento de la cognición para arrastrarte a uno de esos callejones oscuros y tenebrosos donde vejan cada uno de tus principios, donde la ética desaparece para convertirse en una desagradable escena.

Un miedo que arranca la ropa que rasga la voz y alarga cada instante agónico de la existencia dejando tu vida en un estado de letargo en el cual los estímulos cesan de cumplir su cometido. 

Un miedo que origina un llanto, un llanto que crea un manantial de sensaciones, sensaciones que forman un nudo en el fondo del pecho, un pecho roto de dolor, de miedos y errores. Errores pasados que se han convertido en el lastre de la vida, una vida que a cada instante se vacía sin dejarte probar su esencia. 

Y el tiempo pasa sin más, sin avisos ni advertencias, sólo pasa... burlándose de ti y de esos miedos que te mantienen en el estanque de tus sueños sin dejarte avanzar.

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